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AntígonaS, en el nombre de la Lealtad

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  No llorés más amarguras extraviadas/que en la ciudad corre sangre/derramada entre hermanos/Y mientras tanto a vos te acongojan/las percantas amuradas, los inútiles taitas/ No me hables del artista y de su ilusión de humo/Hoy tenés que tocar un tango enorme/que despierte la paz del cementerio. Toda demanda, es una demanda de amor. A la tragedia clásica de Sófocles, la dramaturgia de Jorge Huertas le alcanza un Buenos Aires herido y confuso; una tierra desconcertada. Polínices se pudre en la Plaza de Mayo, el río reclama su poder de muerte y el hombre que manda cree, con una escandalosa certeza, que el horror es la Ley y él, el Dios responsable de ejecutarla. Toda demanda, es una demanda de amor. Las hembras asaltan el escenario, todas las voces son alumbradas desde el cuerpo disputado que atraviesa el tiempo. El cuerpo descosido, el embalsamado, el cuerpo discutido desde el útero hasta la falda, el que amamanta sin alimento o con él, este cuerpo que resucita, lujurioso, y resucita...

Una tarde en el Delta, lo que el río no ha callado nunca

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  El paso del tiempo, el tiempo, las mujeres, la historia contada, la historia callada, la vida en su azar, la muerte en su constancia. El hilo que narra Una tarde en el Delta construye poéticamente una perspectiva que no es tenida en cuenta al momento de sintetizar nuestra propia historia, la mirada del equipo de trabajadores “no notables” que pusieron el cuerpo en las investigaciones que dieron curso a los juicios a las Juntas militares en el año 1985. Hablamos de la valentía de realizar algo a pesar del miedo, sí, pero también de lo que ocurre en el ser humano cuando se acerca a otro que ha sido torturado con máxima crueldad, para escucharlo, para no evitar que la empatía los transforme en un solo cuerpo herido. Tres mujeres se reencuentran, en condiciones muy particulares, en un paseo del Delta. Un Paraná, con su barro y su memoria, fluye como otro testigo de los que no pueden ser entrevistados. Sabe el río, sufre el río, ha debido cargar en sus brazos los cuerpos destroza...